Nos han enseñado que todas las
experiencias que tenemos a lo largo de nuestra vida se deben de clasificar como
fracasos o victorias. Nada más lejos de la realidad. Ya que una victoria se
puede convertir en un fracaso y un fracaso en una victoria. Es decir, todos los
sucesos que atravesamos en la vida son experiencias de transformación motivadas
por decisiones que tomamos nosotros o que otros toman por nosotros y que nos
conducen a un escenario vital distinto. De esta manera nosotros vamos cambiando
a la par que va cambiando el universo vital que habitamos. Entonces lo que
ocurre no se puede etiquetar de éxito o de fracaso o no debería, porque nunca
sabemos a qué espacio nos va a llevar a habitar a nivel físico, a nivel de conciencia,
a nivel de evolución. Los cambios siempre van a ser positivos para
nosotros porque van a suponer un crecimiento como seres humanos que somos. Así
que percibir los sucesos que transitamos como fracasos o victorias es tener una
percepción muy ruda y muy poco sutil y rica en matices de todo lo que puede suponer
un acontecimiento que se instala en nuestra existencia y que constituye el
detonante de la transformación de creencias, de percepciones y de patrones de
comportamiento que nos aporta. Hay sucesos que nos transforman más que otros,
pero todos contribuyen a construir los seres humanos en que nos convertimos a
medida que pasa el tiempo.
AMPARO RAMOS BADIA ESCRITOS PUNTO COM
jueves, 26 de febrero de 2026
Los cambios
martes, 28 de octubre de 2025
Todos vamos en el mismo barco
Todos andamos
solos, perdidos a ratos, sin saber muy bien hacia dónde vamos, pero vamos
caminando, guiados por los mandatos sociales, por lo que sentimos, por lo que nos han
dicho que tenemos que sentir, por lo que nos han dicho que tenemos que hacer, por lo
que es necesario hacer para vivir en esta sociedad. Vistos desde esta
perspectiva, tal vez, la compasión y la empatía, pudiera ser un punto de
encuentro, más fácil de alcanzar cuando nos damos cuenta de que en cierta
manera todos, los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos, los
triunfadores y los fracasados, vamos en el mismo barco, unos en un yate de lujo
y otros nadando, pero atravesamos el mismo mar haciendo la misma travesía.
Realmente esa
sensación de no saber hacia dónde vamos, perder el rumbo momentáneamente, nos
debería de acercar cada vez más, de una forma espiritual, más allá de los
engranajes que gobiernan este mundo, a nuestros compañeros, nuestros coetáneos,
las personas con las que coincidimos en esta vida y que a veces juzgamos de una
forma dura y que a veces nos juzgan de una forma dura, sin pensar que ellos
como nosotros estamos luchando por encontrar nuestro camino. El camino que nos
lleve a la felicidad, que nos haga encontrar el equilibrio, que nos haga
alcanzar lo que siempre hemos deseado. En ese sentido todos vamos en el mismo
barco, porque incluso los que parece que han conseguido lo que ansiaban, muchas
veces son los que se sienten más desgraciados, los que más sufren, los que
lamentablemente menos claro tienen los límites del camino que tienen que
transitar. Por lo que la compasión, la empatía y el amor, deberían de ser lo
que rigiera nuestras relaciones. Las relaciones con los demás, con las personas
con las que convivimos: en nuestra casa: con nuestros hijos, con nuestros
padres, con nuestra pareja, con nuestros hermanos, en el trabajo: con nuestros
compañeros y jefes, en el lugar donde vivimos: con vecinos y conocidos. Porque
todos en el fondo, viviendo en una casa más grande o pequeña, conduciendo un
coche más grande o pequeño, trabajando en un trabajo mejor o en un trabajo más
precario, todos andamos a la deriva, pensando en encontrar aquello que nos
satisfaga de una forma plena, que nos deje de hacer sentir vacíos, inocuos,
banales, superficiales. Todos buscamos esa profundidad que dé sentido a
nuestros días, que haga que nuestro comportamiento sea impecable, que nuestra
vida sea un ejemplo y un aporte para el resto de las personas con las que
estamos.
Tal vez el día que entendamos todo esto, habremos conseguido cambiar el mundo, habremos conseguido entender que no somos tan distintos, que todos somos iguales, o al menos muy parecidos. Iguales en algunos aspectos vitales en los que todos queremos encontrar un propósito y una proyección que dé sentido a nuestra existencia más allá de nuestras posesiones, más allá de nuestra carrera profesional, más allá de nuestra familia, más allá de nuestras amistades, encontrar el significado y el sentido de ser. ¿Para qué somos? ¿Para qué queremos ser?
viernes, 3 de octubre de 2025
¿Qué es la vida?
La vida es una eterna búsqueda de uno mismo y de situaciones que nos proporcionen estabilidad, a pesar de que la naturaleza de la vida es el cambio. Todas estas situaciones que momentáneamente nos parecen estables, llega un momento que cambian. Cambian porque esa es la naturaleza de la vida y porque si no, no aprenderíamos nada, no evolucionaríamos, no habría ningún aprendizaje, nada que nos hiciera distintos a los que éramos ayer y a los que seremos mañana. Tendemos a aferrarnos a las cosas, a las personas, a las situaciones, a los lugares, a nuestra casa, a nuestras pertenencias, pero todo nos es prestado por un tiempo limitado, eso lo sabemos. Toda relación va a sufrir una evolución, va a sufrir un cambio: nada es estático, todo es dinámico, todo es evolución y cambio. La vida es eso: cambiar, avanzar, fluir.
Así que cuanto
más aceptemos la naturaleza de la vida, menos nos resistamos a la misma, menos
sufriremos, menos dolor o desengaños, menos sentimientos negativos sentiremos
respecto a la misma. La vida es así y todo es perfecto tal y cómo es y eso es
lo que tenemos que interiorizar que todo es perfecto tal cual es, tal cual
ocurre, que lo que ocurre es lo mejor que puede ocurrir para mi mayor bien y el
de los demás, para su evolución y crecimiento y para el mío propio.
Cada uno vibrará en una frecuencia distinta, cada uno está en un momento evolutivo distinto, cada uno ve la vida desde un palco distinto. Ve el mismo escenario, pero desde una butaca distinta: unos ven el escenario a ras, otros lo ven desde arriba y hay mil ángulos para observar lo mismo y por lo tanto mil percepciones y mil caminos distintos para seguir a partir de ahí evolucionando y creciendo.
martes, 29 de julio de 2025
La más pura felicidad
La más pura felicidad se refleja en la cara con una sonrisa abierta, perenne, soñadora de alguien que casi no cree el poder disfrutar de su suerte. Con esa sonrisa casi bobalicona, permanente, con esa mirada ilusionada que elije ver solo lo bueno de esa situación de la que disfruta y que considera rica, inesperada, prolífica en matices y en sensaciones de bienestar, que engrandece los detalles hasta hacerlos de una belleza descomunal y a los que atribuye un peso definitivo en su vida. Puede parecer que alguien que disfruta así de la felicidad que la vida le procura puede ser ingenuo, pecar de inocente o tal vez sea lo suficientemente sabio como para haber encontrar la medida justa del valor de las cosas y saber apreciar por lo tanto y disfrutar la situación que vive en toda su dimensión, en todo su esplendor. Una dimensión y un esplendor que escapan a las personas que puedan considerar que ser feliz es un acto de irresponsabilidad frente a una realidad tan dura como la que nos rodea más que una obligación a cumplir que depende de cada uno y de su capacidad de apreciar y de disfrutar la vida.
lunes, 28 de julio de 2025
La necesidad de pertenecer
La necesidad de
pertenecer a un grupo, de estar en armonía con el mismo, nos lleva a veces a no
expresar con libertad nuestra opinión y a considerar como normal que todos
opinemos lo mismo a cerca de una cuestión, siendo que lo más lógico sería tener
una opinión distinta acerca de dicha cuestión condicionada por nuestras propias
experiencias, nuestras propias creencias, percepciones e improntas y respetar y
enriquecernos con esa variabilidad que cada ser humano puede aportar con su
visión de las cosas.
Sin embargo, nos
es más cómodo sentirnos pertenecientes a un grupo y adherirnos a esa corriente
de pensamientos, de opiniones, de forma de estar en el mundo. Nos es más fácil
a nosotros porque de esta manera no pensamos, asumimos que otros piensen por
nosotros y les es más cómodo a los otros. A los que nos quieren clasificados,
alineados, despersonalizados, carentes de iniciativas y propuestas, de
originalidad y creatividad. A los que
nos quieren ver individuos con comportamientos previsibles, programados para
ser como el resto, para pensar y opinar como el resto, para olvidarse de sí
mismos, de quiénes somos y de cómo somos, de cuáles son nuestras
potencialidades y sueños y de nuestra capacidad para dibujar un camino
alternativo al trazado, que otros puedan transitar y romper así con la
necesidad de pertenecer al grupo.
miércoles, 16 de julio de 2025
La colaboración
Me he cruzado con un reguero
de hormigas. Siempre me ha maravillado como se organizan, como colaboran unas
con otras, como el esfuerzo individual tiene un fin colectivo, como van en fila
una detrás de otra en una dirección y en la dirección contraria van una detrás
de otra en la otra dirección, abasteciéndose de todo aquello que encuentran,
sorteando cualquier obstáculo que encuentran en su camino, bien puede ser una
piedra pequeña que para ellas es tremendamente grande.
Siempre me ha fascinado su
esfuerzo individual y como ese esfuerzo individual tiene una finalidad de
colaboración colectiva. Como unos seres tan pequeños son capaces de organizarse
tan fácilmente y de forma instintiva para conseguir el bien común.
Me parece increíble que los
seres humanos, las personas, en cambio no seamos capaces de hacer lo mismo ni
por asomo, que ese esfuerzo individual que hacemos no esté enfocado en la
colaboración con otros seres humanos, sino en el beneficio propio.
Me parece increíble que una
hormiga que tiene un cerebro de un tamaño casi microscópico al lado del cerebro
humano, haya llegado a una conclusión que le salva a ella y que salva al resto
de sus compañeras, mientras que los seres humanos incapaces de llegar a una
conclusión tan evidente y sencilla, se enfrentan los unos con los otros
tratando de destruirse, tratando de competir unos con otros, tratando de
ponerse por encima unos de otros, olvidando que todos somos seres humanos y que
por lo tanto nuestro bien común debe de prevalecer por encima de los intereses
individuales o que al menos estos intereses individuales deben de contemplar el
contribuir al bien común.
El ser humano, las personas,
nos encontramos en el polo opuesto en cuanto a colaboración y cooperación con
semejantes se trata. Estoy hablando de guerras, de hambrunas, de falta de
recursos básicos, mientras que vivimos en un planeta que podría abastecernos a
todos sin ningún tipo de problemas, se mantiene el que una parte de la
población mundial acumule ropas, comida que no puede comer y que tiene que
tirar la basura, agua potable que sale de un grifo, frente a otras partes del
mundo que no tienen lo más básico: carecen de agua, carecen de comida, viven
dejados de la mano de Dios que se suele decir.
Porque que el ser humano haya
adoptado esa decisión de mantener ese desequilibrio entre unas poblaciones de
unas partes del mundo y otras es algo perverso y sin sentido que no puede
conducirnos a nada bueno, pero es algo que conozco desde que nací y que a pesar
del tiempo transcurrido es una situación que se mantiene en el tiempo porque
por algún motivo no interesa que todos tengamos un mínimo nivel de vida, un
acceso al agua, a la comida, a la vivienda. Los países pobres son saqueados por los países
ricos, se llevan todas sus riquezas, todos sus recursos. Los políticos de todos
los países, pero en esos países todavía de forma más escandalosa, concentran su
poder para dominar la economía y para generar guerras que no permiten el avance
de la población a una situación digna.
¿Por qué ocurre todo esto? ¿Por
qué hay gente que podría cambiarlo y no lo cambia? Hay personas que tienen
poder, que tienen un poder de decisión que podría cambiar este contexto, pero
no lo hacen. Generan guerras, generan hambrunas, generan epidemias para
mantener el estado a nivel mundial en el que vivimos.
jueves, 5 de junio de 2025
Ellos
Ella le regaló una brújula y unos
prismáticos. La brújula para que nunca perdiera el norte, para que siempre
supiera dónde estaba, para que no perdiera de vista sus horizontes. Los
prismáticos para que su panorámica sobre las circunstancias, las personas y los
acontecimientos que surgían fuera mayor, lograse llegar a verlo todo desde
varias perspectivas.
Él le regalo un libro con las hojas
en blanco para que lo llenase de historias que a ella tanto le gustaban
escribir y un montón de joyas para que nunca olvidara lo valiosa que era y todo
lo que merecía en esta vida.
Con el tiempo la relación que los
unía sucumbió a las imposiciones que suponían las expectativas que cada uno de
ellos proyectaba sobre el otro y a la negativa que cada uno recibía de no poder ser uno mismo para poder permanecer en la relación.
Sus caminos se bifurcaron, fueron
felices y profundamente desgraciados juntos y en su último adiós no podían
todavía creer lo que les había ocurrido.
Fue una lección de la vida. Una
lección hermosa y terrible a un tiempo, pero con extraordinarios y transcendentes
frutos y aprendizajes.
Ella por fin volvió a ser quien era
y llegó a ser quién siempre quiso ser desde el principio de los tiempos. El continúo
buscándose en el reflejo de otra mujer sin pensar que había otros caminos.
Ya no se extrañan, pero no se
olvidan ya que dos hijos los unen para siempre.