Cuando para vivir un día más
tienes que tomar veinte pastillas al día con los correspondientes problemas
gástricos e intestinales que eso conlleva, cuando debes de vivir
inmunodeprimida y contagiarte de forma asidua de todos los virus y bacterias
que circulan alrededor tuyo con el consiguiente consumo masivo de antibióticos
y probióticos para tratar de mantener un equilibrio que continuamente se rompe,
cuando tus pies están hinchados así como tu cara por efecto de los corticoides,
es cuando muestras tu mejor versión en cada momento de tu vida porque sabes el
valor que tiene cada nuevo día.
En cada ocasión exhibes tu mejor
sonrisa, muestras tu mejor disposición y haces de cada momento, un momento
inolvidable, especial, divertido y satisfactorio para todos. Sin embargo, a
pesar de esas circunstancias que te llevan a valorar más la vida sigues
actuando como si fueras a vivir para siempre como hacemos todos.
Y es que a nadie le gusta
recordar, tener presente que su vida un día acabará, que la relación que ahora
disfruta también tendrá un fin, que nuestra rutina con el tiempo sufrirá un
cambio, que esa afición que nos apasiona algún día la abandonaremos, que ese
trabajo que tanto nos gusta algún día finalizará. Nos gusta pensar que somos
inmortales, infinitos y que todo lo que nos gusta de nuestra vida también lo
es. Y en cierta forma lo somos: nuestra alma, nuestro espíritu sí que es
infinito e inmortal, así como los recuerdos que creamos en otros tienen el
tiempo que dure su vida.
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